Nos visitas desde Ashburn

MagoMigue-Magia-Granada-Yuizn-MagoComo saben, me dedico al arte de fascinar, ilusionar y asombrar por antonomasia: el ilusionismo. La Magia.

Durante toda mi carrera – y me atrevo a decir que la de casi todos mis colegas- , he observado que la gente piensa que nuestro arte es para niños y niñas. Eso no es un problema, obviamente, pero sí da, quizás, la sensación de que los «adultos» sienten de entrada que la magia no es para ellos.

Parece que, cuando nos hacemos mayores, nos avergüenza admitir que podemos seguir asombrándonos, que podemos seguir «jugando» y emocionarnos como cuando todo el universo se nos revelaba por primera vez, en nuestra infancia.

Al crecer, nos educan para que la «imaginación» quede relegada a un segundo plano. Sin importancia. Y por eso muchas personas adultas no saben que aún les gusta la magia.

Y es que tenemos que darnos cuenta de que la magia no es que sea «para niños»… sino «hasta para niños».

(A partir de ahora, voy a escribir utilizando indistintamente el género femenino y el masculino, si me lo permiten).

Hoy día existen suficientes estudios neurocientíficos que demuestran que, debido a la evolución de las especies, cada una de nosotras llevamos dentro varias capas de cerebro recubriéndose unas a otras: el cerebro de los dinosaurios (instintos), el de los mamíferos (emociones), el de los primates (intelecto)…

Alguien dijo que «somos memoria»; pues bien, estoy convencido de que existe una especie de memo-ria colectiva que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra evolución. Nuestro cerebro es la suma de todos los anteriores y ha perfeccionado las diferentes capas que lo componen. De igual manera, guardamos una memoria como individuos, esta vez de las fases de nuestra evolución personal.

Somos el resultado de toda nuestra vida. Así pues, yo – con mis 52 años –  tengo ya muchas y variadas capas vitales: el bebé que fui (0-1), el niño prelógico (mágico) de mis primeros años (2-7), el niño lógico de los siguientes (8-12), el adolescente inquieto (13-18), el joven veinteañero, la primera madurez, la madurez actual, etc. (espero poder compartir este etc. con todos ustedes). Y cada persona que he ido siendo recubre pero no disuelve a las anteriores: soy todas ellas.

Nuestra personalidad actual se compone de la última capa visible, pero perviven, latentes a veces, intentando asomarse o esconderse otras, todas mis personas anteriores.

Como aprendí de mi maestro, «ciertas actividades humanas interesan, llaman o fascinan a una diferente persona-capa». Quizás la poesía se dirige especialmente al adolescente que todas llevamos dentro. Los deportes físicos nos hacen sacar la vitalidad y energía del niño que fuimos; viajar, explorar, vivir aventuras quizás conecte con nuestra joven veinteañera; investigar, la ciencia, las aventuras intelectuales suelen fascinar a los jóvenes que viven en nosotros; y las diferentes formas de arte que existen conectan de igual modo con cada capa de nuestro cerebro.

Pero ¿y la magia?

Evidentemente llama y fascina a nuestro «niño prelógico», a su fantasía, a su imaginación, a su afán de juego, al deseo de volar, de ser invisible, de transformar las cosas, de hacer aparecer y desaparecer lo deseado sin las trabas de la lógica y de la llamada realidad.

Por eso el prestidigitador, el mago o la maga fascina y encanta siempre a niños y niñas que aún no han cumplido los siete años. Es algo inherente a su cerebro.

Sus caras, sus miradas ante un espectáculo de magia nos lo dicen cada día. Por eso, en cada fiesta infantil, desde siempre y en todas partes del mundo, El Mago es el artista más solicitado por los niños y las niñas (junto con esas otras formas de magia que pueden ser los payasos y los títeres).

Pero ¿la magia les gusta a los adultos? Claro que sí, aunque nos cuesta reconocerlo.

Cuando vamos creciendo, nuestro cerebro y nuestro cuerpo se recubren, como una cebolla, de diferentes capas que tratan de ahogar y esconder la anterior.

«Adulto es quien posee una capa impenetrable que cubre y ahoga al joven aventurero, al lírico adolescente, al mágico niño que se asfixia en su interior. El arte, en general, y el de la magia en particular, trata de disolver y penetrar las diferentes capas de nuestra madurez, para así tratar de llegar al niño pre-lógico, imaginativo, soñador de imposibles», me enseñó Juan Tamariz.

La magia se dirige a las gentes maduras y a los jóvenes para que se rían, disfruten, jueguen, experimenten el imposible y sientan el niño que también son.

Por eso afirmo que la magia es hasta para niños, pues, si queremos, podemos activar esa mágica energía que nace de nosotros mismos.

Solo si dejamos respirar a ese niño que llevamos dentro, podremos gustar y degustar la magia en todo su esplendor. Tenemos que no olvidarnos de jugar por jugar; nuestra sociedad trata de inculcarnos lo contrario según vamos creciendo, salvo que esconda detrás pingües negocios.

Si acuden a ver un espectáculo de ilusionismo, no piensen que se trata de un trabajo exclusivamente para sus hijos. Busquemos en nuestra mente: solo si somos capaces de jugar y repetir en voz alta las palabras y los conjuros mágicos que nos proponga el mago o maga, de esparcir los polvos mágicos sintiéndolos en nuestros dedos al hacerlo, de mirar y sentir con inocencia, entonces podremos disfrutar de la inmensa fascinación de lo mágico. Como el niño que fuimos.

Da igual que seamos artistas o espectadores: el juego tiene dos direcciones.

Da igual si aceptamos soñar, mezclar fantasía y realidad, ilusionarnos (como hicimos con los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez sin preguntarnos cómo pueden saber nuestros deseos y peticiones…); da igual, siempre que juguemos y no sintamos vergüenza al hacerlo. Esa vergüenza es un villano que nos persigue constantemente.

Si logramos jugar, sentiremos y podremos rescatar la perdida emoción de la inocencia prelógica y mágica. La magia prende su hechizo cuando ese niño revive en nosotros.

Y les garantizo que la felicidad que produce será asombrosa, memorable e inolvidable.

Palabra de Mago 😉

 

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