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Alejandro-Pedregosa_Yuzin Club Cultural

Alejandro Pedregosa

Realicemos una encuesta entre los políticos de todo pelaje para preguntar por la importancia de la cultura en nuestra sociedad. No encontraremos ninguno –ni siquiera ahí donde estáis pensando– que no la valore como «vital», «importantísima» o «innegociable». Si la encuesta la hiciéramos entre los mortales que pasean por la calle, las respuestas serían básicamente las mismas. Y sin embargo la cultura es, de largo, la cenicienta de todos los presupuestos públicos imaginables, desde el gobierno central a los ayuntamientos, pasando por autonomías y diputaciones. Y, en el ámbito ciudadano, qué decir: nuestros índices de lectura y consumo cultural son muy inferiores a los de países de nuestro entorno con población y nivel de vida similar. ¿Cómo es posible? ¿Acaso no se trata de un asunto vital, importantísimo e innegociable? ¿O es que somos los españoles –políticos y ciudadanos– una terrible pandilla de fariseos y «bienquedas»? No, nuestro problema con la cultura es religioso: una cuestión de fe. Somos ateos culturales, agnósticos irredentos, materialistas puros; no creemos en la cultura sencillamente porque no la vemos, porque es invisible, y lo que no se ve –ya se sabe– no existe.

Cualquiera –político o ciudadano– comprende que una carretera, un hospital, una renta social o incluso un cazabombardero tienen una utilidad material, sirven para algo concreto cuyo resultado es palpable –y rentable– a nivel social o político. La cultura no. La experiencia de asistir a una obra de teatro, a un espectáculo de danza o a una lectura de poemas es efímera en el tiempo, no perdura, se vuelve invisible una vez se baja el telón. Así pues, ¿en qué puede mejorar una sociedad con obras de teatro, espectáculos de danza o lecturas de poemas? Y, aunque lo hiciera, ¿son estas actividades equiparables en importancia a la carretera, el hospital, la renta social o el cazabombardero? Sí, lo son, absolutamente; y del mismo modo es altísimo el beneficio colectivo de la cultura, pero para apreciarlo tenemos que convertirnos en creyentes, pertrecharnos de una fe resistente que defienda aquello cuya existencia invisible va más allá del mero cemento o el metal.

Además de invisible, la cultura, como todas las cosas importantes –educación, sexo, un buen potaje…–, es lenta. Un «individuo cultural» no se hace de un día para otro. Se va fraguando al baño maría, en un rosario de experiencias culturales que le ayudan a conformar una idea compleja del amor, el sufrimiento, la muerte, el arte, la lealtad, la justicia y, en definitiva, todo aquello que acontece al ser humano. Es ahí donde radica el más grande e invisible beneficio de la cultura: en el ensanchamiento de los límites personales de cada cual; algo, por cierto, que no deja rastro, que no se puede medir en centímetros, que es tercamente invisible y al mismo tiempo manifiestamente real (quien lo probó lo sabe).

Un «individuo cultural» es un individuo en continua expansión, un cosmos en sí mismo. Por eso, cuando una sociedad consigue tener una extensa comunidad de «individuos culturales», se convierte en una sociedad más amplia, más capacitada para entender (y atender) a «lo humano» en todas sus dimensiones; lo cual, a poco que sepamos mirar, es tan importante como una carretera bien asfaltada o un hospital puntero.

Los «individuos culturales» son invisibles para la mayoría de la gente, aunque se reconocen entre sí. Habitan ecosistemas en peligro de extinción, pero su fe en la cultura les empuja a seguir adelante por encima de gobernantes miopes y coyunturas imposibles. Cuando desaparezcan, un vacío terrible y ensordecedor envolverá carreteras y colapsará hospitales. Será la nada absoluta; y no, ya no habrá remedio.

 

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