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BLANCA ESPIGARES ROONEY-OPINIÓN-YUZIN CLUB CULTURAL-GRANADAEl debate existía en prepandemia y se ha acallado durante este año. Ninguna población se está planteando qué modelo quiere de ciudad para convivir con el turismo. Hemos asistido a la constatación de su crecimiento exponencial en los últimos quince años y su presión en entornos patrimoniales, los problemas que genera su masificación, su estacionalidad, la precarización de los empleos y su huella ecológica, entre otros inconvenientes que ha conllevado. Por otro lado, debemos ser conscientes —y en esta crisis durante la pandemia lo hemos podido comprobar de sobra— de que es una de las industrias más importantes en el ámbito mundial, y en España con beneficios en la economía y el empleo, además de que se ha convertido ya (salvando el bajón del último año) en el sector que más aporta al PIB, con un 14,2 %.

Puedo comprender que en un momento de pandemia mundial, con una crisis sanitaria sin precedentes y con la desesperación de tantas familias se aparte el debate y se centren los esfuerzos en lo prioritario, en lo esencial. Pero, una vez más o menos controlados aquellos meses de desbordamiento de hospitales, de miles de fallecidos, y aprovechando la calma que respiran nuestras ciudades y los barrios con más presión turística, deberíamos haber comenzado a trabajar políticos, funcionarios, asociaciones de vecinos y profesionales del sector para trazar un plan que evite la vuelta a situaciones que destruyen nuestro paisaje cultural.

El concepto paisaje cultural suele ser a menudo mal interpretado o pobremente entendido. Me gustaría recalcar que es un concepto que supera a lo que es el monumento, el casco histórico o el BIC. Es más integrador y nos da una idea holística de lo que son nuestros entornos históricos. Dice su definición: «El paisaje cultural es el resultado de la interacción en el tiempo de las personas y el medio natural, cuya expresión es un territorio percibido y valorado por sus cualidades culturales, producto de un proceso y soporte de la identidad de una comunidad».

Es un concepto maravilloso y que nos enseña mucho. Nuestras ciudades, los caminos, los trazados de las calles, las manzanas, los propios edificios, los ensanches, todo, absolutamente todo es fruto de la interacción a lo largo del tiempo de las personas con su entorno, desde que fue natural, hasta que se «culturizó» y domesticó siendo soporte de la identidad de una comunidad. Una ciudad como Granada es el resultado de la transformación de su entorno natural orográfico con un valle delante de especial fertilidad, y de las personas que lo habitan. No nos fijamos en exclusiva en el objeto-edificio, sino en el contexto, que crea una identidad, que alumbra un paisaje urbano y un paisanaje ligado a él.

Este paisanaje, los vecinos, han sufrido mucho en el tiempo del turismo masificado, que no de masas. En los 90 sí había turismo de masas, grandes grupos que ocupaban ciudades y monumentos. Pero hoy en día no se viaja tanto en grupo, pero se viaja más. Por eso el término adecuado es «turismo masificado». Una mayor democratización del viaje ha llevado a que viajemos no una vez en la vida, como en el siglo XIX y primera mitad del XX, sino varias veces al año. Y, cada vez más, somos turistas que buscamos la autenticidad, el lugar «no turístico», el sitio del autóctono.

El problema es que, cada vez más, estos lugares desaparecen por la presión de este turismo. Es preciso abrir debate, abrir mesas de trabajo, porque, si el paisaje cultural de Granada se destruye o desaparece sepultado por apartamentos de alquiler y tiendas de regalos, no quedarán sitios auténticos que busquen ser visitados, pero es que tampoco quedarán esos sitios auténticos para quienes residen habitualmente en ellos. Es la pescadilla que se muerde la cola: una industria que alimenta a tantas personas, que busca los lugares más propios del paisaje cultural de la ciudad, que bajo su presión los está haciendo desaparecer y provocará que la ciudad tenga menos interés en un futuro, decayendo las visitas.

No nos hemos puesto a trabajar. Entiendo la falta de ganas con el año agotador, desesperanzador, que llevamos, pero urge que esta ciudad se plantee qué modelo de ciudad quiere para quienes vivimos en ella, para quienes la visitan, para las empresas y para su entorno ambiental. Sólo de esta forma podremos encontrar un equilibrio que ayude al patrimonio, cuide la ciudad y su territorio, promueva empleo y beneficios y sea un espacio para los vecinos y el paisanaje, verdadero protagonista de todo paisaje cultural. Porque al final la ciudad son sus vecinos, su gente y, sin ellos, sólo queda un decorado o un parque temático.

Blanca Espigares Rooney – Arquitecta y Directora de Masquetours. 

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